Asociación «La Salle» Tarragona

COMPRENDER Y CELEBRAR LA PASCUA DE LOS CRISTIANOS

Sin la Pascua de los cristianos de nada hubiera servido todo

Josep Maria Sabaté i Bosch

                Cronista de l’A.A.S.S.T. y de la ciudad

La Liturgia tiene un papel fundamental en la formación espiritual de los fieles, aunque la ignorancia del verdadero sentido del ritual de la Pascua – la madre de todas las santas vigilias, según san Agustín[1] -, junto con la duración de esta ceremonia anual, ha mermado con el paso del tiempo la asistencia de los fieles a una de las celebraciones señeras en la vida de los cristianos.

Este rito del Sábado Santo era en sus orígenes una vigilia nocturna. Tertuliano (siglos II-III) nos habla de la tradición de pasar en oración la noche del sábado al domingo, pero con los años la vigilia se avanzó a horas de la tarde hasta que en el siglo XIV pasó a la mañana del Domingo, de manera que mucho de su ceremonial fue perdiendo su verdadero sentido y su simbolismo era de difícil comprensión: el simbolismo de la bendición del fuego – la Divinidad -;  el encendido del cirio pascual, que mantendría su llama encendida durante todo el tiempo propio y en bautizos y entierros; el agua bendita, también y a veces con la celebración sacramental de algún bautizo o con la renovación, por parte de todos los asistentes al acto, de aquellas promesas que en su momento habían estado hechas por los padres y padrinos – la renuncia a Satanás, a sus pompas y vanidades -, i la solemne profesión de la fe, que daban un realismo a todo el ceremonial –Memoriale Ritum -, que incluía, entre otros solemnes oficios de la Semana Santa, el ceremonial litúrgico del Sábado Santo.

Sin embargo, no fue hasta el año1951, cuando, precisamente en la catedral de Tarragona, por concesión especial de la Santa Sede, se celebró la vigilia pascual “ad experimentum”, y por primera vez, con una ceremonia nueva que la Sagrada Congregación de Ritos publicaría con el título Instaurata Vigilia, según un decreto firmado por el santo Padre Pío XII, restableciendo el rito antiguo de la vigilia pascual y dando una participación más activa a los fieles[2] y como ejemplo de un cierto folclorismo del rito pascual, al final del oficio solemne, a las puertas de la catedral, también se rifaba un cordero, símbolo del cordero pascual.

Así pues, no sólo  se recuperaban algunas de las ceremonias antiguas que se habían perdido o se había ensombrecido su simbolismo, sino que a partir de entonces se hacía mucho más rico y claro, especialmente porque desde el mismo pregón del inicio,  hasta las lecturas escogidas del Antiguo Testamento[3], los evangelios de los correspondientes años litúrgicos[4] o los párrafos de la carta a los Romanos de san Pablo[5]  – lecturas precedidas de unas moniciones explicativas y acompañadas de los preceptivos salmos o cantos litúrgicos[6] -, se puede seguir una síntesis de la Historia sagrada que, iniciándose en la creación, nos conduce hasta el júbilo de la resurrección.

Normalmente la vigilia pascual empieza a oscuras con la bendición del fuego, el encendido del Cirio pascual – símbolo y figura de Cristo – y una pequeña procesión de los fieles  con los cirios que han encendido de la luz de Cristo en el Cirio pascual. De inmediato se hace el anuncio de la Pascua en forma de pregón, con solemnidad y claridad, destacando en los versos del texto el verdadero significado y sentido de esta noche:

“Esta es la noche en que Cristo, rompiendo las ataduras de la muerte, ha subido victorioso de los infiernos. ¿Qué habríamos ganado naciendo, si no hubiese redención? ” (sic).

 

A pesar de todo, es preciso retroceder hasta los orígenes de la historia bíblica  para entender el primer sentido de la fiesta de Pascua para el pueblo judío y se hace de la mano del relato que nos ofrece la primera lectura del Génesis referido a la creación del cielo y la tierra, el hombre y la mujer, cuando todo era bueno, pero que con el pecado se destruyó aquella bondad, de manera que era necesaria una nueva creación con la acción de un Cristo resucitado. El largo relato bíblico[7] puede resumirse en los primeros versículos del Génesis que refieren la creación del hombre y la mujer[8].

 

La segunda lectura también se corresponde al primero de los libros históricos del Génesis al referirse al sacrificio de Isaac. Abraham para redimir un esclavo ha de sacrificar a su hijo, pero su fe en la resurrección se nos presenta como un premonitorio y primicia de la figura de Cristo y el inicio de la resurrección universal. Tampoco nos  serviremos de todo el texto bíblico[9] y sólo utilizaremos algunos párrafos, puesto que la escena es harto conocida[10].

La narración de la liberación de la esclavitud – la más cercana raíz histórica de la celebración de la Pascua -, con todos los preparativos nos la da el Éxodo[11], con la fiesta de los Ázimos, clara referencia a la prohibición de comer durante siete días pan fermentado, o sea con levadura[12], con la  huida de Egipto[13], y con el paso del mar Rojo[14].

Toda esta larga narración es sobradamente conocida por los que aman la historia del pueblo judío, pero no tanto por aquellos que no han tenido la oportunidad, como la tuvimos los de nuestra generación de estudiar la Historia Sagrada, y muy especialmente por aquellos que todavía no se han dado cuenta del enorme valor de la Biblia; de ahí que conviene consultar el texto bíblico para redescubrir la manera como el Señor prepara su pueblo para ser testimonio de la gran liberación de toda la humanidad con una Pascua en que la víctima inmolada no será un cordero, ni un cabrito, sino el mismo hijo de Dios[15].

Pero la lectura tercera de la celebración no es tan completa como en el relato histórico y sólo incluye un fragmento del paso del mar Rojo[16].

El memorial de los días pasados en esclavitud estará presente aun en la cuarta lectura con los versos de Isaías ensalzando a Dios por la Jerusalén, esposa del Señor, la Jerusalén del tiempo futuro y el don esplendido del Señor[17].

También en la quinta lectura se percibe este espíritu de liberación en el lirismo del profeta Isaías[18].

Igualmente en la sexta lectura, con los recuerdos y las apreciaciones de Baruk en torno a la prudencia o la sabiduría como un don de Dios a Israel, encontramos algunas referencias parecidas en este recorrido para descubrir el sentido de la Pascua[19].

Y acabaremos esta parte de la vigilia aleccionadora con una séptima lectura de la mano del profeta Ezequiel que recuerda como de nuevo otra vez Dios anuncia una futura restauración del pueblo de Israel, exiliado en Babilonia[20].

Hasta aquí las siete lecturas del Antiguo Testamento,  aunque hemos querido obviar conscientemente los salmos correspondientes y los cantos laudatorios relacionados con aquellas[21], puesto que, una vez acabadas aquellas y estos últimos, se vuelven a encender los cirios que conservan los fieles, se canta el Gloria, que no se había recitado durante toda la Cuaresma, y se da paso a una nueva lectura, esta vez ya del Nuevo Testamento, con una carta de san Pablo a los cristianos de Roma[22], después de la cual se entona el Aleluya con los versos de otro salmo[23].

Nos faltaría aun la proclamación del evangelio correspondiente a uno de los tres evangelistas[24], según  la alternancia de los años litúrgicos; dichos tres evangelistas presentan unos escritos sinópticos y sólo se diferencian en algunos pequeños detalles: en el de Mateo destaca el anuncio de la resurrección por parte de un ángel del Señor y el hecho de que el mismo Jesús resucitado se muestra a las asustadas  mujeres que fueron al sepulcro; Marcos es el más escueto: su narración resulta la más sencilla de todas y la diferencia principal radica en el anuncio de la resurrección, hecha por un joven vestido de blanco, sin la aparición de Jesús a las mujeres; y Lucas  también se diferencia por el anuncio de la  resurrección, puesto que, según su versión, son dos hombres con  vestidos resplandecientes, los que la anuncian,  tampoco aparece Jesús y, además, con  un detalle más significativo nos da la noticia de una última duda de Pedro, que en el sepulcro aun se preguntaba qué podía haber pasado.

A sabiendas nos hemos alargado más de la cuenta porque, a pesar de que estamos muy acostumbramos a los resúmenes, las rebajas y todo tipo de recortes casi también en todo lo que nos rodea, y porque asimismo somos conscientes del mínimo interés que en nuestros días despierta la Historia Sagrada entre las nuevas generaciones – nosotros no teníamos “Internet”, ni siquiera podíamos consultar el “Google” o la “Viquipedia” -, pero una vigilia era una vigilia nocturna para pasar toda una noche meditando, reflexionando, aleccionándose y rezando.

Como ocurre con los textos del Antiguo Testamento, a veces conviene repetir e insistir en el significado del rito litúrgico, para hacer aquello que, por lo menos, una vez al año, en unos momentos en que comunidades cristianas, con razón asustadas ante los ataques y martirios que sufren es necesario saber de donde venimos y que queremos ser, porque el Señor no se cansa de repetir-nos que siempre estará entre nosotros.

 

 

[1] AGUSTÍN, San: Obras completas de S. Agustín, XXIV. BAC., “Sermón 223, B”, págs. 253-254.

[2] Según QUINTANA i ARGILÉS, Blas: “Restauración de la Vigila Pascual” en Agrupación de Asociaciones.  Semana Santa. MCMLII. Tarragona.

[3] Sagrada Biblia. BAC.: Gn. 1, 1-2 y 2; 22, 1-18, y Ex. 14, 15-30; Is. 54, 5-14 y 55, 1-11; Ba. 3, 9-15, 32-38 y