Real Ilustre y Muy Noble Cofradía des Santisimo Cristo del Perdón, Murcia

“GETSEMANÍ” VISTO POR EL ESCULTOR JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ NAVARRO
ANTONIO GONZÁLEZ QUIRÓS, FUNDADOR Y ESTANTE DEL PASO DE “JESÚS EN GETSEMANÍ”. FUNDADOR Y CABO DE ANDAS DEL PASO DEL” CRISTO DEL AMOR EN LA CONVERSIÓN DEL BUEN LADRÓN”.PERTENECE A LAS COFRADÍAS MURCIANAS DEL CRISTO DEL PERDÓN, CRISTO DE LA SALUD, CRISTO DE LA SANGRE, SANTO SEPULCRO Y FUENSANTICA DE SAN ANTOLÍN.

FICHA DEL PASO “JESÚS EN GETSEMANÍ”.
Peso: 980 kg.
Año: 1996
Escultor: D. José Hernández Navarro
Tronista: D. Eduardo Ortuño Izquierdo
Camareros: D. José Antonio López Flores y Dña. Inés Lorca Díaz
Cabo de Andas:
D. Ángel García Gómez
Ayudantes:
D. José García Hernández
Número Nazarenos Estantes: 26

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ NAVARRO (Escultor)
José Antonio Hernández Navarro nació el 4 de diciembre de 1954 en el Rincón de Almodóvar, enclave perteneciente a la pedanía murciana de Los Ramos, hijo de Juan Antonio Hernández e Isabel Navarro. Allí se crio junto a sus tres hermanos iniciando sus estudios en Alquerías, pero pronto sintió una vocación artística que no fue bien aceptada por su padre, a pesar de lo cual, ayudado por un profesor del instituto, comenzó a asistir al taller de la escultora Elisa Seiquer. Allí se puso en contacto con el artesano belenista Pedro Serrano Moñino, con el que, gracias a la recomendación del párroco Francisco Arnaldos, empezó a colaborar a los 15 años, al tiempo que asistía a clases de dibujo en la Escuela de Artes y Oficios
En 1972, cuando tenía 18 años y con ímpetu autodidacta, realizó su primera escultura, la Virgen de la Huerta, pasando a trabajar en el taller belenista de los célebres hermanos Manuel y Juan Antonio Griñán, con los que estuvo colaborando hasta 1986sistía a clases de dibujo en la Escuela de Artes y Oficios

Un hecho trascendental cambiaría el rumbo de su vida en 1982, cuando la Cofradía del Perdón de Murcia convocó un concurso para la realización del paso procesional de la Coronación de Espinas. Según manifiesta el propio escultor, la pericia alcanzada en la elaboración de figuras para belén fue determinante para que eligieran su proyecto tras presentar la maqueta requerida, con infinidad de pequeños detalles propios del arte belenista, que después convirtió en un espectacular paso de estilo salzillesco (iglesia de San Antolín de Murcia) que despertó admiración y motivó la demanda de otras obras por distintas hermandades y cofradías, permitiéndole abrir en el barrio de la Estación de Los Ramos de Murcia su propio taller, en el que tuvo como colaborador a Francisco Moreno Galiana, el que fuera su profesor de vaciado y sacado de puntos en la Escuela de Artes y Oficios.

A partir de entonces su trayectoria ha sido imparable, avalado por el éxito de obras comprometidas, como el Cristo Despojado realizado en 1993 para Valladolid, habiendo realizado con fines procesionales prácticamente todos los episodios evangélicos, especialmente pasionarios, para cofradías de distintas poblaciones murcianas, así como de Valladolid, Cuenca y Zaragoza, lo que le facilitó renovar el taller en 1997 y ser nombrado académico de la Real Academia de Santa María de la Arrixaca en el año 2000.
En tan pocos años su obra refleja una inevitable evolución desde la imaginería de rápida ejecución, especialmente en imágenes de vestir, hasta la eliminación total de postizos en favor de un trabajo de talla integral, manteniendo un difícil equilibrio entre la tradición que reclaman sus clientes y la innovación estética, siempre procurando la creación de modelos originales y buscando nuevas soluciones desde la admiración a Berruguete, Juan de Juni, Gregorio Fernández, Juan Martínez Montañés, Alonso Cano, Pedro de Mena, Salzillo, etc.

Los prototipos de José Antonio Hernández Navarro, hoy día tan valorados y admirados. Por ejemplo el Cristo Despojado tiene su homólogo en el Cristo del Perdón, realizado en 2006 para la hermandad del mismo nombre de Aspe (Alicante), mientras que los rasgos del Cristo de la Humildad se repiten especialmente en el Cristo de la Flagelación de Zaragoza (1998), en el Ecce Homo de Bullas (2008) y en el Cristo del Amor de Murcia (2010), etc. Todas estas imágenes están hermanadas por la fina gubia de este murciano consagrado, que ha aportado lo que Javier Burrieza (historiador y erudito vallisoletano), en un arrebato pasional, ha denominado a la obra realizada para su ciudad como «los salzillos de Valladolid».

LUNES SANTO MURCIANO.
Las procesiones que durante siglos saborearon los murcianos: cercanas, de compadreo, de bullicio, de penitencia de barra, de caos solo controlado a última hora, de orden disimulado en el sabroso desorden, del pueblo y para el pueblo, sin reglas canónicas, sin castas, sin más protocolo que apagar el cigarro cuando el Cristo se acercaba. Eran así. Y el mayor logro de los vecinos de San Antolín es mantenerla intacta. Por eso no andaba descaminado Oscar Wilde cuando escribió que podemos pasarnos años sin vivir en absoluto y, de pronto, toda nuestra vida se concentra en un solo instante. Ese instante se cumple a las siete de la tarde a la puerta de la parroquia. El Perdón está en la calle.

El Perdón, aunque muchos lo crean, no es solo la procesión que cada Lunes Santo convoca en San Antolín a una legión de cofrades de túnicas color magenta. El Perdón es una jornada entera, un estilo de vida, una forma de entender las costumbres murcianas.

El Perdón es, en sí mismo, el Lunes por excelencia, lunes de barrio obrero, lunes de colonia a granel, de chaquetas desempolvadas, de matronas con la raya oscura en el ojo exagerada, lunes al sol de abril en esta época de crisis y de faltas, lunes de bullicio en el antiguo barrio, castizo y de hipotecas, de subsidios, de púas insufribles y de cargas, pero de fe contrastada y laica, de interminables familias nazarenas, de amigos alejados que se reencuentran desde la mañana, bien temprano, en torno al carajillo cofrade, cuando las callejas ya vibran de fieles que acuden al besapié del antiguo Señor del Malecón.

El Perdón es la procesión más cercana que, en su plena soberanía, condensa toda la Pasión en una sola tarde, en apenas unas horas, en su oscurecer magenta, tan intensa de nazarenía que podría dar por concluida, sin que nadie la echara en falta, la entera Semana Santa.

Antes hubo procesiones, claro, y después otras se convocarán. Pero el Perdón para sus cofrades es alfa y omega, principio en San Antolín y fin cuando Dios quiera, que para eso es de
la familia. Por eso bulle el templo al mediodía cuando al Señor descienden. No descuelgan una talla, no acercan solo un trozo de madera: bajan a un conocido, a un compadre viejo y rozado, de la casa, uno que conoce sus anhelos, uno más que entregan a la esencia de la barriada. Por eso el barrio se vuelca en sus calles y no hay más banderas autorizadas que aquellas que cuelgan, de color magenta, de los balcones.

Tarde de sillas de enea en algunos cruces, al margen de los alquileres oficiales, sin que nadie ofrezca explicaciones a los gitanos que venden cada sitio, quienes tampoco se atreven, ¡en casa del herrero!, a entrar en disputas; improvisadas e indispensables sillas que colocan los vecinos del común reclamando su espacio vital, el asfalto de sus ancestros, invocando un curioso y remoto derecho, solo aprobado en aquella constitución nunca escrita del Perdón en su Lunes, y por el santo derecho, por no mencionar otras partes que igual escandalizan, que los sanantolineros tienen sobre su desfile y su Cristo.

Y allá acude Murcia entera a reclamar, porque nadie impone nada, lecciones de soberanía nazarena. Y allá se sazona la devoción cofrade a golpe de vermú auténtico, de sifón y copa ancha, en la taberna de Luis de la Rosario, con sus tacos de bacalao rebozado o sus cebollas con anchoa, o en el Guinea que siempre se queda pequeño… Porque en el Perdón es tan obligado besar los pies del Señor como echarle después el mismísimo alboroque, que para eso Murcia tiene otra bula nunca escrita.

Si mañana mismo cambiaran de Dios, a San Antolín le daría igual. Seguiría cada lunes la carrera cuajada de espectadores al paso espléndido de sus tronos: Ángeles de la pasión, Jesús en Getsemaní, Caifás, Flagelación, Coronación, Encuentro, Verónica y Ascendimiento. Y después, el Perdón, el titular, el que a un toque de estante anda, y que anda como tiene que andar un paso murciano, sus cabos de andas, Pepe y Andrés Sánchez, huertanos de raza. Basta ver cómo ese trono baja la cuesta de San Antolín y la plaza entera, ante su expresión seria y arcana, se desborda en mil aplausos.

Suenan los carros bocina. Los llamaban, allá por el año 1601, ‘trompetas de hojadelata’. Después de cuatro siglos celebran hogaño su veinticinco aniversario. Son los originales toques de burla. Porque en San Antolín, pues ya quedó escrito que Cristo es uno más de ellos, hasta se permiten burlarse de él como aquellos romanos que deshonraban a los reos. Suenan los tambores sordos, roncos y entelados, barrocos, indispensables en nuestras procesiones. Son otro tesoro, otras melodías inéditas en el mundo. Palillos acompasados, «’atanbores’ y bocinas con ruedecillas», como se describían en 1630 en la Cofradía de Jesús. Pasa la procesión.

Cuando el Lunes Santo acaba, ya entrada la madrugada, aún queda en la ciudad cierto regusto a procesión antigua, a jornal bien ganado en el tajo de la Pasión, y el barrio retorna a sus costumbres mundanas porque para San Antolín, para aquellos que veneran al Señor del Malecón, la Resurrección se cumple cuando su Cristo retorna a la parroquia. Y sí, se acabó, se acabó este año la Semana Santa.

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